Pitágoras vivía en el siglo VI antes de Cristo y tenía fama de saberlo casi todo. Cuando León, tirano de Fliunte, le preguntó por su oficio, no respondió que era sabio. Respondió que era filósofo, amante de la sabiduría, porque solo los dioses merecían el título de sabios. La anécdota la transmiten Cicerón y Diógenes Laercio, y es probable que haya mejorado con cada siglo que ha pasado por ella. Pero contiene, sin buscarlo, la respuesta a una pregunta que sigue incomodando a quien la formula: ¿para qué sirve la filosofía?
La pregunta que casi nadie hace en serio
Casi todo el mundo la ha planteado alguna vez, normalmente con un tono que ya contiene la respuesta esperada: para nada. La filosofía no cura enfermedades, no diseña puentes ni programa algoritmos. Un estudiante de medicina termina la carrera sabiendo suturar una herida. Un estudiante de filosofía la termina sabiendo, sobre todo, cuántas preguntas quedaron sin responder.
Bertrand Russell describió esa sospecha con precisión en 1912, en el capítulo final de Los problemas de la filosofía. Llamó a quienes la comparten el hombre práctico, una figura que solo reconoce como bienes los que alimentan el cuerpo y desconfía de cualquier disciplina que no produzca un resultado tangible. Para ese hombre práctico, la filosofía es, en el mejor de los casos, un pasatiempo inofensivo: discusiones interminables sobre asuntos que nadie puede resolver con certeza.







