Bartolomé de las Casas tenía cuarenta años, una encomienda en Cuba y una posición cómoda dentro del sistema colonial cuando decidió renunciar a todo. Corría 1514. Llevaba dos años como capellán en la conquista de la isla junto a Diego Velázquez, había recibido tierras e indios como recompensa y ejercía el sacerdocio sin que eso le impidiera beneficiarse del trabajo forzado de quienes tenía asignados. Preparando un sermón, leyó un pasaje del libro del Eclesiástico: quien ofrece sacrificio con las riquezas de los pobres actúa como quien inmola a un hijo ante su propio padre. Algo se rompió esa tarde. Liberó a sus indios, renunció a la encomienda y comenzó una campaña que se prolongaría más de cinco décadas y que lo enfrentaría con encomenderos, funcionarios reales y, en ocasiones, con la propia Corona.
El activista que aprendía de sus fracasos
Su primera gran iniciativa reformadora terminó en desastre. En 1520 obtuvo de Carlos I una capitulación para colonizar la costa de Cumaná, en la actual Venezuela, con un proyecto que rompía con la lógica colonial dominante: nada de encomiendas, nada de trabajo forzado, solo comercio voluntario y evangelización respetuosa entre colonos y pueblos indígenas.
El experimento no sobrevivió ni dos años. Las incursiones esclavistas de colonos de regiones vecinas, ajenos por completo al proyecto de Las Casas, provocaron represalias indígenas que no distinguieron entre unos españoles y otros. La colonia fue destruida y varios de los frailes que la habitaban murieron en el ataque.



