29 de julio de 2026

¿Para qué sirve la filosofía? Una pregunta con una respuesta sorprendente

Pitágoras vivía en el siglo VI antes de Cristo y tenía fama de saberlo casi todo. Cuando León, tirano de Fliunte, le preguntó por su oficio, no respondió que era sabio. Respondió que era filósofo, amante de la sabiduría, porque solo los dioses merecían el título de sabios. La anécdota la transmiten Cicerón y Diógenes Laercio, y es probable que haya mejorado con cada siglo que ha pasado por ella. Pero contiene, sin buscarlo, la respuesta a una pregunta que sigue incomodando a quien la formula: ¿para qué sirve la filosofía?

La pregunta que casi nadie hace en serio


Casi todo el mundo la ha planteado alguna vez, normalmente con un tono que ya contiene la respuesta esperada: para nada. La filosofía no cura enfermedades, no diseña puentes ni programa algoritmos. Un estudiante de medicina termina la carrera sabiendo suturar una herida. Un estudiante de filosofía la termina sabiendo, sobre todo, cuántas preguntas quedaron sin responder.

Bertrand Russell describió esa sospecha con precisión en 1912, en el capítulo final de Los problemas de la filosofía. Llamó a quienes la comparten el hombre práctico, una figura que solo reconoce como bienes los que alimentan el cuerpo y desconfía de cualquier disciplina que no produzca un resultado tangible. Para ese hombre práctico, la filosofía es, en el mejor de los casos, un pasatiempo inofensivo: discusiones interminables sobre asuntos que nadie puede resolver con certeza.


El argumento tiene su lógica. La física produce el teléfono que llevamos en el bolsillo. La medicina produce vacunas. La ingeniería produce edificios que no se derrumban. ¿Qué produce la filosofía, más allá de más preguntas?

23 de julio de 2026

250 Aniversario de la independencia de Estados Unidos: El apoyo de España (III)

Bernardo de Gálvez: la independencia que también se ganó en el golfo de México


Seguimos en 1781, ante la entrada de la bahía de Pensacola, un capitán de navío español se negó a arriesgar sus barcos bajo el fuego de dos fuertes ingleses. El gobernador de Luisiana no tenía autoridad para obligarle a entrar. Así que subió a su propio bergantín, izó la insignia de mando, disparó quince cañonazos para que nadie dudara de quién iba a bordo y cruzó el canal en solitario, escoltado solo por una balandra y dos cañoneras. Tenía treinta y cuatro años y se llamaba Bernardo de Gálvez. El resto de la escuadra, avergonzada, acabó siguiéndole. Ese gesto, más temerario que estratégico, resume bastante bien una campaña militar que alteró el equilibrio de fuerzas en la guerra de independencia de Estados Unidos y que la historiografía angloamericana ha tratado durante dos siglos como una nota al margen.


Un gobernador que ya estaba en guerra antes de que Madrid la declarara


Gálvez llegó al gobierno de la Luisiana española en 1777, con poco más de treinta años y una carrera militar forjada en la frontera con los apaches y en el fallido desembarco de Argel de 1775. Desde Nueva Orleans, y años antes de que España entrara oficialmente en guerra contra Gran Bretaña, ya estaba armando a los rebeldes americanos. Pólvora, mantas, medicinas y fusiles subían por el Misisipi hacia las tropas continentales gracias a una red que Gálvez sostenía junto al comerciante y agente estadounidense Oliver Pollock, con el respaldo discreto de su tío José de Gálvez, ministro de Indias en Madrid.


Cuando Carlos III declaró finalmente la guerra a Gran Bretaña el 21 de junio de 1779, lo hizo sobre todo por intereses propios: recuperar Gibraltar, Menorca y las dos Floridas, cedidas a los ingleses en 1763. Ayudar a los rebeldes americanos era, para la Corona, un efecto colateral útil, no el objetivo central. Gálvez, sin embargo, no esperó instrucciones detalladas ni el visto bueno del mando naval. En cuanto le llegó la noticia de la declaración de guerra, a finales de julio, empezó a organizar una ofensiva contra los puestos ingleses del bajo Misisipi.

19 de julio de 2026

250 Aniversario de la independencia de Estados Unidos: El apoyo de España (II)

El día que La Habana pagó la independencia de Estados Unidos


En julio de 1781, el ejército expedicionario francés llevaba un año entero acampado en Newport, Rhode Island, sin poder moverse. No lo detenía la Marina británica, sino algo más humillante para un ejército de cinco mil hombres bien armados: la falta de dinero contante. Y a dos mil millas de allí, en la colonia francesa de Saint-Domingue, un funcionario español sin mando militar alguno estaba a punto de tomar la decisión que pondría en marcha la campaña que terminaría, tres meses después, con la rendición de Lord Cornwallis en Yorktown. Esta es la historia de esa decisión, de la colecta de emergencia que la hizo posible y de por qué casi ningún libro de texto estadounidense la cuenta con el peso que merece.

Un ejército de lujo, inmovilizado por vergüenza


El conde de Rochambeau había desembarcado en Newport en julio de 1780 al mando de una fuerza excelente: artillería de asedio, ingenieros expertos, oficiales curtidos en las guerras europeas. La promesa era que ese ejército operaría junto a la escuadra del almirante De Grasse para asestar un golpe decisivo a los británicos. Pero entre la promesa y la realidad mediaba un abismo financiero. Las cartas de crédito que Rochambeau traía consigo no servían de nada, porque los comerciantes americanos, escaldados por la inflación del continental, exigían plata contante antes de vender una sola fanega de grano. Washington se lo confesó sin rodeos a su aliado en diciembre de 1780: carecía de facultades para procurar dinero, y el crédito público estaba arruinado.


El resultado fue un ejército de primera paralizado durante más de seis meses. Los oficiales franceses empeñaban sus pertenencias para comprar comida. Rochambeau escribía a Versalles cartas cada vez más ásperas, describiendo la humillación de tener tropas listas para el combate e inmovilizadas por falta de metal. Ese socorro no podía venir de Versalles, con las arcas exhaustas por su propio esfuerzo bélico, ni de Filadelfia, donde el Congreso discutía impuestos que nunca llegaba a recaudar. Solo podía venir de un lugar, y los estrategas franceses lo sabían: del imperio español del Caribe.

El encuentro en Saint-Domingue


Tras la caída de Pensacola en mayo de 1781, José de Gálvez encomendó a Francisco de Saavedra una nueva misión: viajar a la colonia francesa de Saint-Domingue, en la actual Haití, para coordinar con el almirante François Joseph Paul de Grasse el uso de la flota francesa en el Caribe. Saavedra y De Grasse se reunieron por primera vez el 17 de julio de 1781, a bordo del buque insignia Ville de Paris, en el puerto de Cap-Français.

250 Aniversario de la independencia de Estados Unidos: El apoyo de España (I)

La encrucijada de 1780: cuando la Revolución estadounidense estuvo a punto de morir de hambre


La noche de Año Nuevo de 1781, en el campamento invernal de Morristown, Nueva Jersey, más de mil quinientos soldados de la Línea de Pensilvania cargaron sus mosquetes, expulsaron a sus oficiales a punta de bayoneta y emprendieron la marcha hacia Filadelfia. No huían del enemigo. Se rebelaban contra su propio ejército, hambrientos y sin cobrar desde hacía meses, dispuestos a entregarse a los británicos si el Congreso no les pagaba en dinero de verdad. Habían pasado cinco años desde la Declaración de Independencia y tres desde la victoria en Saratoga que, según el relato que se enseña en las escuelas, debía haber sellado la suerte de la guerra. Y sin embargo, en el invierno de 1780 a 1781, el ejército de George Washington se deshacía por dentro. La revolución no estaba ganando. Se estaba quedando sin dinero, y sin dinero no hay ejército que aguante un invierno más.


El espejismo de Saratoga


La rendición del general británico John Burgoyne en Saratoga, en octubre de 1777, cambió la guerra, pero no como suele contarse. Su efecto principal no fue militar sino diplomático: convenció a la corte de Luis XVI de que apostar por los rebeldes era un buen negocio, lo que llevó a la alianza franco-americana de 1778. Pero la entrada de Francia no resolvió el problema real de los rebeldes, que no era de estrategia sino de caja. La guerra se ganaba con pólvora, y la pólvora se compraba con plata, y la plata se estaba acabando.  


El Congreso Continental, sin potestad para recaudar impuestos directos, había financiado la guerra imprimiendo papel moneda sin respaldo metálico: los continentals. La fórmula funcionó mientras hubo confianza y dejó de funcionar en cuanto esa confianza se agotó. En 1775, un dólar continental valía un dólar de plata español. En 1778 hacían falta siete para comprar un dólar de plata. A comienzos de 1780 la proporción era de cuarenta a uno. A finales de ese año, cien. De ahí nació la expresión que todavía define en inglés algo que no vale nada: not worth a continental. Los agricultores escondían el grano antes que venderlo por papel. Los comerciantes cerraban sus tiendas. Y el ejército de Washington, que sobre el papel contaba con más de diez mil hombres, se reducía cada semana por deserción y, cada vez más, por motín abierto.

16 de julio de 2026

Bartolomé de las Casas: el hombre que se atrevió a desafiar un Imperio

Bartolomé de las Casas tenía cuarenta años, una encomienda en Cuba y una posición cómoda dentro del sistema colonial cuando decidió renunciar a todo. Corría 1514. Llevaba dos años como capellán en la conquista de la isla junto a Diego Velázquez, había recibido tierras e indios como recompensa y ejercía el sacerdocio sin que eso le impidiera beneficiarse del trabajo forzado de quienes tenía asignados. Preparando un sermón, leyó un pasaje del libro del Eclesiástico: quien ofrece sacrificio con las riquezas de los pobres actúa como quien inmola a un hijo ante su propio padre. Algo se rompió esa tarde. Liberó a sus indios, renunció a la encomienda y comenzó una campaña que se prolongaría más de cinco décadas y que lo enfrentaría con encomenderos, funcionarios reales y, en ocasiones, con la propia Corona.


El activista que aprendía de sus fracasos


Su primera gran iniciativa reformadora terminó en desastre. En 1520 obtuvo de Carlos I una capitulación para colonizar la costa de Cumaná, en la actual Venezuela, con un proyecto que rompía con la lógica colonial dominante: nada de encomiendas, nada de trabajo forzado, solo comercio voluntario y evangelización respetuosa entre colonos y pueblos indígenas.


El experimento no sobrevivió ni dos años. Las incursiones esclavistas de colonos de regiones vecinas, ajenos por completo al proyecto de Las Casas, provocaron represalias indígenas que no distinguieron entre unos españoles y otros. La colonia fue destruida y varios de los frailes que la habitaban murieron en el ataque.

11 de julio de 2026

Las fronteras que dibujaron sin preguntar: el origen geopolítico de Oriente Medio

En 1916, dos diplomáticos firmaron en secreto un documento que partió el Oriente Medio en zonas de influencia. Mark Sykes, por el lado británico; François Georges-Picot, por el francés. La línea que trazaron en el mapa no seguía ninguna lógica geográfica, étnica ni tribal. Seguía la lógica de dos Imperios que decidían qué parte del futuro se quedaba cada uno.

Ese papel fue la sentencia de muerte de varios proyectos nacionales que nunca llegarían a nacer, y el certificado de nacimiento de varios Estados que nunca funcionarían como tales.

El acuerdo que nadie iba a cumplir


El Imperio Otomano agonizaba y las potencias europeas ya negociaban su herencia antes de que el cadáver estuviera frío. Sykes y Picot acordaron que Francia controlaría Siria y el Líbano, y Gran Bretaña Irak, Transjordania y Palestina. La cuna de la civilización, el arco de tierras que va del Mediterráneo al golfo Pérsico, quedó dividido por una línea que ignoraba siglos de convivencia, tensión y pertenencia de las poblaciones que vivían allí, desde hace siglos.


El problema no era solo la arbitrariedad. Era que ese acuerdo se firmó mientras Gran Bretaña prometía simultáneamente tres cosas incompatibles: un Estado árabe al jerife de La Meca, una patria judía en Palestina (Declaración Balfour, 1917) y zonas de influencia francesa en los territorios que se había comprometido a entregar a los árabes. Ninguna promesa era compatible con las otras dos. La región heredó esa incompatibilidad como condición estructural.

8 de julio de 2026

Argentina y la vuelta del negacionismo: la verdad y la memoria frente al poder que la niega

Memoria y verdad. La negación de la historia vuelve a Argentina


En 1984 viajé a Buenos Aires como secretario general de la Asociación Pro Derechos Humanos de España. Llevaba una documentación, reunida por muchos compañeros durante mucho tiempo: testimonios de familiares de desaparecidos, entre ellos ciudadanos españoles y sus descendientes, hijos y nietos que habían perdido el rastro de sus padres o abuelos en algún centro clandestino de detención, una lista amplia, muy amplia de victimas de la Dictadura Militar argentina. La CONADEP, la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, estaba en pleno trabajo de investigación. La presidía Ernesto Sábato. A él y a los otros miembros de la Comisión, le entregamos esa lista, en una reunión oficial que después quedó recogida en el propio Informe Nunca Más.

Unos meses antes de ese viaje, en plena dictadura, habían llegado miles de postales a la sede de la Asociación. Las enviaba, de forma orquestada, la propaganda del régimen militar. Negaban lo que nosotros denunciábamos. Decían que no había desapariciones, que no había represión sistemática, que se trataba de una campaña de desprestigio contra un gobierno que combatía el terrorismo. Guardé algunas de esas postales durante años. No como curiosidad de archivo, sino porque entendí pronto que la negación no es un fenómeno pasajero, sino una estrategia que se repite cada vez que el poder necesita borrar lo que hizo.

Cuarenta y dos años después, esa estrategia ha vuelto a Argentina, esta vez desde el propio gobierno de Milei.


5 de julio de 2026

El Debate de Valladolid: cuando Europa se preguntó si todos los seres humanos eran iguales

En 1550, el Imperio español detuvo sus conquistas. No por derrota militar ni por agotamiento económico, sino para hacerse una pregunta que ningún poder colonial había formulado antes: ¿tenemos el derecho moral a conquistar?

Durante meses, dos intelectuales de primer orden debatieron ante una junta de teólogos y juristas en Valladolid una cuestión que determinaría el destino de millones de personas: si los pueblos indígenas de América tenían los mismos derechos fundamentales que los europeos. El debate no produjo un veredicto claro. Pero planteó, con un rigor filosófico sin precedentes en la historia del colonialismo, las preguntas que la humanidad no terminaría de responder hasta el siglo XX.


Un debate sin precedentes


Ningún otro Imperio colonial había detenido sus conquistas para examinar formalmente su legitimidad moral. Los romanos no convocaron juntas de juristas para discutir el derecho a conquistar la Galia. Los mongoles no organizaron debates teológicos sobre sus campañas. Los británicos, los franceses y los holandeses construyeron sus Imperios sin que ninguna institución oficial cuestionara los fundamentos éticos de esa empresa.


Que España lo hiciera no significa que fuera más justa. Significa que tenía una tradición intelectual, la escolástica, y una estructura institucional, la Iglesia católica, capaces de crear espacios para ese tipo de debate. Y significa que había hombres como Bartolomé de las Casas con la determinación y la habilidad política para forzarlo al más alto nivel.