16 de julio de 2026

Bartolomé de las Casas: el hombre que se atrevió a desafiar un Imperio

Bartolomé de las Casas tenía cuarenta años, una encomienda en Cuba y una posición cómoda dentro del sistema colonial cuando decidió renunciar a todo. Corría 1514. Llevaba dos años como capellán en la conquista de la isla junto a Diego Velázquez, había recibido tierras e indios como recompensa y ejercía el sacerdocio sin que eso le impidiera beneficiarse del trabajo forzado de quienes tenía asignados. Preparando un sermón, leyó un pasaje del libro del Eclesiástico: quien ofrece sacrificio con las riquezas de los pobres actúa como quien inmola a un hijo ante su propio padre. Algo se rompió esa tarde. Liberó a sus indios, renunció a la encomienda y comenzó una campaña que se prolongaría más de cinco décadas y que lo enfrentaría con encomenderos, funcionarios reales y, en ocasiones, con la propia Corona.


El activista que aprendía de sus fracasos


Su primera gran iniciativa reformadora terminó en desastre. En 1520 obtuvo de Carlos I una capitulación para colonizar la costa de Cumaná, en la actual Venezuela, con un proyecto que rompía con la lógica colonial dominante: nada de encomiendas, nada de trabajo forzado, solo comercio voluntario y evangelización respetuosa entre colonos y pueblos indígenas.


El experimento no sobrevivió ni dos años. Las incursiones esclavistas de colonos de regiones vecinas, ajenos por completo al proyecto de Las Casas, provocaron represalias indígenas que no distinguieron entre unos españoles y otros. La colonia fue destruida y varios de los frailes que la habitaban murieron en el ataque.

11 de julio de 2026

Las fronteras que dibujaron sin preguntar: el origen geopolítico de Oriente Medio

En 1916, dos diplomáticos firmaron en secreto un documento que partió el Oriente Medio en zonas de influencia. Mark Sykes, por el lado británico; François Georges-Picot, por el francés. La línea que trazaron en el mapa no seguía ninguna lógica geográfica, étnica ni tribal. Seguía la lógica de dos Imperios que decidían qué parte del futuro se quedaba cada uno.

Ese papel fue la sentencia de muerte de varios proyectos nacionales que nunca llegarían a nacer, y el certificado de nacimiento de varios Estados que nunca funcionarían como tales.

El acuerdo que nadie iba a cumplir


El Imperio Otomano agonizaba y las potencias europeas ya negociaban su herencia antes de que el cadáver estuviera frío. Sykes y Picot acordaron que Francia controlaría Siria y el Líbano, y Gran Bretaña Irak, Transjordania y Palestina. La cuna de la civilización, el arco de tierras que va del Mediterráneo al golfo Pérsico, quedó dividido por una línea que ignoraba siglos de convivencia, tensión y pertenencia de las poblaciones que vivían allí, desde hace siglos.


El problema no era solo la arbitrariedad. Era que ese acuerdo se firmó mientras Gran Bretaña prometía simultáneamente tres cosas incompatibles: un Estado árabe al jerife de La Meca, una patria judía en Palestina (Declaración Balfour, 1917) y zonas de influencia francesa en los territorios que se había comprometido a entregar a los árabes. Ninguna promesa era compatible con las otras dos. La región heredó esa incompatibilidad como condición estructural.

8 de julio de 2026

Argentina y la vuelta del negacionismo: la verdad y la memoria frente al poder que la niega

Memoria y verdad. La negación de la historia vuelve a Argentina


En 1984 viajé a Buenos Aires como secretario general de la Asociación Pro Derechos Humanos de España. Llevaba una documentación, reunida por muchos compañeros durante mucho tiempo: testimonios de familiares de desaparecidos, entre ellos ciudadanos españoles y sus descendientes, hijos y nietos que habían perdido el rastro de sus padres o abuelos en algún centro clandestino de detención, una lista amplia, muy amplia de victimas de la Dictadura Militar argentina. La CONADEP, la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, estaba en pleno trabajo de investigación. La presidía Ernesto Sábato. A él y a los otros miembros de la Comisión, le entregamos esa lista, en una reunión oficial que después quedó recogida en el propio Informe Nunca Más.

Unos meses antes de ese viaje, en plena dictadura, habían llegado miles de postales a la sede de la Asociación. Las enviaba, de forma orquestada, la propaganda del régimen militar. Negaban lo que nosotros denunciábamos. Decían que no había desapariciones, que no había represión sistemática, que se trataba de una campaña de desprestigio contra un gobierno que combatía el terrorismo. Guardé algunas de esas postales durante años. No como curiosidad de archivo, sino porque entendí pronto que la negación no es un fenómeno pasajero, sino una estrategia que se repite cada vez que el poder necesita borrar lo que hizo.

Cuarenta y dos años después, esa estrategia ha vuelto a Argentina, esta vez desde el propio gobierno de Milei.


5 de julio de 2026

El Debate de Valladolid: cuando Europa se preguntó si todos los seres humanos eran iguales

En 1550, el Imperio español detuvo sus conquistas. No por derrota militar ni por agotamiento económico, sino para hacerse una pregunta que ningún poder colonial había formulado antes: ¿tenemos el derecho moral a conquistar?

Durante meses, dos intelectuales de primer orden debatieron ante una junta de teólogos y juristas en Valladolid una cuestión que determinaría el destino de millones de personas: si los pueblos indígenas de América tenían los mismos derechos fundamentales que los europeos. El debate no produjo un veredicto claro. Pero planteó, con un rigor filosófico sin precedentes en la historia del colonialismo, las preguntas que la humanidad no terminaría de responder hasta el siglo XX.


Un debate sin precedentes


Ningún otro Imperio colonial había detenido sus conquistas para examinar formalmente su legitimidad moral. Los romanos no convocaron juntas de juristas para discutir el derecho a conquistar la Galia. Los mongoles no organizaron debates teológicos sobre sus campañas. Los británicos, los franceses y los holandeses construyeron sus Imperios sin que ninguna institución oficial cuestionara los fundamentos éticos de esa empresa.


Que España lo hiciera no significa que fuera más justa. Significa que tenía una tradición intelectual, la escolástica, y una estructura institucional, la Iglesia católica, capaces de crear espacios para ese tipo de debate. Y significa que había hombres como Bartolomé de las Casas con la determinación y la habilidad política para forzarlo al más alto nivel.