Serie Transición española - Los Pactos de la Moncloa III
Casi cinco décadas después de los Pactos de la Moncloa, los historiadores españoles siguen sin ponerse de acuerdo sobre qué fueron exactamente. Para unos, el ejercicio de responsabilidad colectiva que permitió construir una democracia estable sin repetir la violencia del pasado. Para otros, el momento en que unas élites políticas y sindicales decidieron, sin consultar a las bases que representaban, quién iba a pagar la factura de esa estabilidad.
El sociólogo Juan Linz describió una vez el debate sobre la Transición como un muerto con buena salud: cada vez que parece enterrado, alguien lo revive con nuevos datos y nuevos argumentos. Cierra esta serie precisamente ahí, en ese desacuerdo que no termina de resolverse.
La lectura del consenso necesario
Santos Juliá, probablemente el historiador que ha dedicado más años a estudiar la Transición con mayor rigor archivístico, defiende una tesis incómoda para quienes prefieren los relatos simples: la moderación de 1977 no fue una traición a nadie, sino la única vía realista para consolidar una democracia que en ese momento no tenía garantizada su supervivencia.
El argumento tiene una base empírica sólida. El ejército conservaba mandos y lealtades del franquismo. La derecha más reaccionaria seguía organizada y con capacidad de presión. El intento de golpe de Estado de febrero de 1981, apenas tres años después de los pactos, demostró que ese riesgo no era retórico: un grupo de guardias civiles armados irrumpió en el Congreso y mantuvo secuestrados a los diputados durante casi veinticuatro horas. Juliá ha insistido, en particular en un artículo de 2014 con el elocuente título de ¡Todavía la Transición!, en que atribuir a ese proceso la culpa de todos los males del presente es una forma de manipular el pasado que acaba empobreciendo la comprensión del propio presente.






