Ese papel fue la sentencia de muerte de varios proyectos nacionales que nunca llegarían a nacer, y el certificado de nacimiento de varios Estados que nunca funcionarían como tales.
El acuerdo que nadie iba a cumplir
El Imperio Otomano agonizaba y las potencias europeas ya negociaban su herencia antes de que el cadáver estuviera frío. Sykes y Picot acordaron que Francia controlaría Siria y el Líbano, y Gran Bretaña Irak, Transjordania y Palestina. La cuna de la civilización, el arco de tierras que va del Mediterráneo al golfo Pérsico, quedó dividido por una línea que ignoraba siglos de convivencia, tensión y pertenencia de las poblaciones que vivían allí, desde hace siglos.
El problema no era solo la arbitrariedad. Era que ese acuerdo se firmó mientras Gran Bretaña prometía simultáneamente tres cosas incompatibles: un Estado árabe al jerife de La Meca, una patria judía en Palestina (Declaración Balfour, 1917) y zonas de influencia francesa en los territorios que se había comprometido a entregar a los árabes. Ninguna promesa era compatible con las otras dos. La región heredó esa incompatibilidad como condición estructural.
Tres Estados que no debían existir tal como fueron concebidos
Irak fue el primer experimento. Los británicos fusionaron los tres vilayatos otomanos de Mosul, Bagdad y Basora: kurdos en el norte, suníes en el centro, chiíes en el sur. No había cohesión histórica que justificara esa unión, pero sí había petróleo. Y que podía salir peor: la minoría suní gobernó durante décadas sobre una mayoría chií resentida y una minoría kurda que nunca renunció a su proyecto propio de nación. El matrimonio forzado aguantó a golpe de represión hasta que la invasión estadounidense de 2003 rompió el andamiaje. El vacío de poder que siguió alimentó el auge de ISIS y una guerra sectaria que dura, con distintas intensidades, hasta hoy.
Siria siguió un esquema parecido. Francia colocó en el poder a la minoría alauí, un cálculo colonial clásico: la minoría que depende de la potencia extranjera para sobrevivir es más fácil de controlar que la mayoría que aspira a gobernarse a sí misma. Ese resentimiento mayoritario suní tardó décadas en explotar. Lo hizo en 2011. La guerra que siguió dejó de ser siria para convertirse en el escenario donde Rusia, Irán, Turquía, Arabia Saudí y Estados Unidos jugaron sus partidas. Los sirios pagaron la factura: siete millones de desplazados internos, cuatro millones y medio de refugiados en países vecinos. Hoy, con un paréntesis que nadie sabe como acabará.
El Líbano fue diseñado como refugio cristiano maronita. Sus fronteras incluyeron territorios de mayoría musulmana para dotarlo de masa crítica económica. El sistema confesional que resultó de ese diseño, con cargos distribuidos por comunidad religiosa, garantizaba la representación de todos y la gobernabilidad de nadie. Esa arquitectura frágil se rompió en 1975. La guerra civil duró quince años. Hoy inestable y bajo la presión belicista y expansionista de Israel.
La pregunta que nadie respondió bien
El caso palestino no es solo el más visible de los problemas heredados de la descolonización. Es el más antiguo en estado de no resolución.
La Declaración Balfour prometió en 1917 una patria judía en un territorio habitado en su inmensa mayoría por población árabe palestina. El Mandato Británico gestionó durante treinta años una promesa imposible, sin querer rendir cuentas de las contradicciones que había creado. La ONU propuso en 1947 una partición que los árabes rechazaron y los judíos aceptaron. La guerra de 1948 produjo la Nakba: setecientas mil personas expulsadas o forzadas a huir. Nunca regresaron. Sus descendientes siguen en campos de refugiados.
En 1967, Israel ocupó Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este. La ocupación lleva casi sesenta años. Lo que empezó como resultado de una guerra se convirtió en sistema: asentamientos, restricciones de movimiento, control de recursos, demoliciones de casas. Lo que la Corte Internacional de Justicia calificó en su dictamen de 2024 como anexión ilegal de territorio. Los últimos años han sido demoledores por la constante presión territorial del estado sionista de Israel sobre los Palestinos.
El precio que sigue pagándose
Más de 17,8 millones de personas estaban desplazadas o eran apátridas en Oriente Medio y el Norte de África a lo largo de 2025, según datos de ACNUR y UNRWA. En Gaza, según el Ministerio de Salud local, el número de palestinos asesinados desde octubre de 2023 superó los 70.000 a finales de 2025, más de 20.000 de ellos niños. Amnistía Internacional documentó crímenes que calificó de genocidio y apartheid. La Corte Penal Internacional emitió órdenes de arresto contra el primer ministro israelí por crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad.
En Cisjordania, 44 comunidades de pastores palestinos fueron desplazadas por completo en 2025. El número de colonos israelíes en Cisjordania y Jerusalén Este superó los 737.000. El gobierno israelí autorizó ese año la construcción de más de 20.000 viviendas en asentamientos nuevos o existentes en Jerusalén Este, una cifra récord. La expulsión planificada de los palestinos de sus tierras es un hecho consumado y cada vez se produce a más velocidad. El reconocido Estado Palestino, por una gran mayoría de naciones, es una quimera por la acciones israelitas, alejadas de los más elementales derechos humanos.
El Líbano sufrió ataques israelíes casi diarios durante 2025, con más de cien muertos civiles documentados y más de diez mil estructuras destruidas, pese al alto el fuego firmado en noviembre de 2024. Este año, la ofensiva territorial de Israel ha producido miles de muertos y la destrucción casi total del sur del Líbano, incluida su ocupación.
Yemen vivió simultáneamente ataques de los hutíes, bombardeos estadounidenses e israelíes y una inseguridad alimentaria extrema que afectó a casi la mitad de su población.
La impunidad como norma
La Corte Penal Internacional existe. Ha emitido órdenes de arresto. Varios Estados miembros se han negado a ejecutarlas. Estados Unidos ha respaldado activamente a Israel con armamento, financiación y vetos en el Consejo de Seguridad. La comunidad internacional habla de derecho internacional en las declaraciones y lo aparca cuando interfiere con sus intereses.
Esa impunidad no es un accidente del sistema. Es una característica del sistema. Las mismas potencias que en 1916 trazaron las fronteras de Oriente Medio a conveniencia propia son las que hoy deciden cuándo el derecho internacional se aplica y cuándo se suspende.
Lo que queda en pie
Lo que sí existe, aunque apenas se aplique, es un corpus de derecho internacional que prohíbe la ocupación indefinida, la expansión de asentamientos, el bloqueo de población civil y la adquisición de territorio por la fuerza. No es un código perfecto. Pero es el único marco disponible que no depende de quién tenga más armas en un momento dado.
El problema de Oriente Medio no es la ausencia de normas. Es la ausencia de voluntad política para aplicarlas.La historia que no te contaron no desaparece. Solo espera a que alguien se atreva a contarla.
Las líneas trazadas con regla y tijera en 1916 siguen allí, en los mapas y en los muertos.
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