Bartolomé de las Casas tenía cuarenta años, una encomienda en Cuba y una posición cómoda dentro del sistema colonial cuando decidió renunciar a todo. Corría 1514. Llevaba dos años como capellán en la conquista de la isla junto a Diego Velázquez, había recibido tierras e indios como recompensa y ejercía el sacerdocio sin que eso le impidiera beneficiarse del trabajo forzado de quienes tenía asignados. Preparando un sermón, leyó un pasaje del libro del Eclesiástico: quien ofrece sacrificio con las riquezas de los pobres actúa como quien inmola a un hijo ante su propio padre. Algo se rompió esa tarde. Liberó a sus indios, renunció a la encomienda y comenzó una campaña que se prolongaría más de cinco décadas y que lo enfrentaría con encomenderos, funcionarios reales y, en ocasiones, con la propia Corona.
El activista que aprendía de sus fracasos
Su primera gran iniciativa reformadora terminó en desastre. En 1520 obtuvo de Carlos I una capitulación para colonizar la costa de Cumaná, en la actual Venezuela, con un proyecto que rompía con la lógica colonial dominante: nada de encomiendas, nada de trabajo forzado, solo comercio voluntario y evangelización respetuosa entre colonos y pueblos indígenas.
El experimento no sobrevivió ni dos años. Las incursiones esclavistas de colonos de regiones vecinas, ajenos por completo al proyecto de Las Casas, provocaron represalias indígenas que no distinguieron entre unos españoles y otros. La colonia fue destruida y varios de los frailes que la habitaban murieron en el ataque.
Cayó en una crisis profunda. Se retiró al convento dominico de La Española, donde pasó varios años estudiando teología, filosofía y derecho. Esos años de retiro marcan un punto de inflexión real en su trayectoria: dejó de ser un activista indignado y se convirtió en un intelectual capaz de sostener sus argumentos con el rigor que exigía el debate en la corte española.
La orden dominica y el acceso a la red intelectual
En 1522, Las Casas ingresó en la Orden de los Dominicos, decisión que transformó su capacidad de influencia. Los dominicos eran la orden intelectual de referencia de la Iglesia católica del siglo XVI: la orden de Tomás de Aquino, y la que sostenía la Escuela de Salamanca. Formar parte de ella le dio acceso a una red de contactos y a la formación teológica sistemática que su campaña necesitaba.
Su relación con la orden fue siempre tensa. Era demasiado independiente, demasiado impaciente y poco dispuesto a respetar jerarquías cuando las consideraba un obstáculo. Pero el marco institucional le dio algo que ningún activista aislado podía conseguir por sí solo: legitimidad para hablar con autoridad ante el rey.
El impacto político fue inmediato: contribuyó de forma directa a la promulgación de las Leyes Nuevas de 1542, que abolieron la esclavitud indígena y limitaron el sistema de encomiendas. Pero el texto tuvo también un efecto que no controló. Publicado en 1552, fue utilizado por Inglaterra y los Países Bajos, potencias rivales de España, para construir la Leyenda Negra: una narrativa que exageraba la crueldad española para justificar sus propias ambiciones coloniales.
Las Casas conocía ese riesgo. Decidió publicar el texto de todas formas, convencido de que el daño de callar era mayor que el daño de hablar.
El argumento que cambió los términos del debate
Más importante que la denuncia fue el argumento filosófico que desarrolló durante décadas de estudio.
Sostener esa tesis en el siglo XVI exigía enfrentarse a la filosofía aristotélica, fundamento de toda la teología escolástica de la época. Aristóteles había defendido que algunos seres humanos eran esclavos por naturaleza, carentes de la razón plena que caracterizaba al hombre libre. Juan Ginés de Sepúlveda, su principal adversario intelectual, usaba ese argumento para justificar la conquista: los indígenas americanos eran, según su lectura de Aristóteles, seres inferiores que se beneficiaban de ser gobernados por españoles más civilizados.
La respuesta de Las Casas operó en dos niveles. Primero cuestionó la aplicación del concepto a los indígenas americanos, con evidencia empírica de civilizaciones complejas y sofisticadas. Después fue más allá y cuestionó el propio concepto aristotélico de esclavitud natural, al que consideró incompatible con la doctrina cristiana de la igualdad de todas las almas ante Dios.
El obispado de Chiapas: cuando la teoría chocó con el poder real
En 1544 fue nombrado obispo de Chiapas, en el actual México. Era la primera vez que tenía autoridad institucional real para aplicar las reformas que llevaba defendiendo desde hacía tres décadas. El resultado fue un desastre político que ilustra con precisión la distancia entre la reforma en el papel y la resistencia sobre el terreno.
Llegó a su diócesis con una determinación radical: exigir el cumplimiento de las Leyes Nuevas y negarse a absolver en confesión a los encomenderos que no liberaran a sus indígenas. Los colonos respondieron con amenazas directas contra él y sus sacerdotes, y apelaron a la Corona para frenarlo.
En 1547 renunció al obispado y regresó a España. No volvió a pisar América. La derrota, sin embargo, se transformó en el combustible de sus años más productivos como escritor y pensador: entre ellos, la controversia de Valladolid con Sepúlveda, celebrada apenas tres años después. Ver también: El Debate de Valladolid: cuando Europa se preguntó si todos los seres humanos eran iguales.
Cinco siglos de influencia
La obra más ambiciosa de Las Casas, la Historia de las Indias, quedó inacabada a su muerte en 1566. Él mismo ordenó que no se publicara hasta pasadas cuatro décadas, consciente de lo explosivo de su contenido. La prohibición real de imprimir textos sobre las Indias retrasó aún más su aparición: no vio la luz hasta 1875, más de tres siglos después de escrita, convertida ya en una fuente histórica de primera mano de valor incalculable.
El legado filosófico trasciende su contexto. Cuando la Declaración Universal de los Derechos Humanos afirma que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, formula en lenguaje jurídico moderno lo que Las Casas argumentó en términos teológicos cuatro siglos antes.
La figura sigue siendo controvertida, lo que en sí mismo confirma su relevancia. Sus críticos señalan que su denuncia de las atrocidades españolas sirvió a los intereses de las potencias rivales de España, que sus primeras propuestas incluían la importación de esclavos africanos como alternativa al trabajo indígena (una posición que él mismo reconoció después como un error grave) y que su visión de los pueblos indígenas, aun respetuosa para su época, seguía siendo paternalista. Sus defensores responden que ningún pensador puede juzgarse solo por los usos posteriores de sus ideas y que pocos intelectuales del siglo XVI reconocieron públicamente un error como el de la esclavitud africana.
El valor de cambiarse de bando
El no nació defensor de los indígenas. Nació del lado del poder y del privilegio, y eligió cambiarse de bando sabiendo lo que esa elección le costaría. Le costó décadas de conflictos y frustraciones. No consiguió desmantelar el sistema colonial. Las atrocidades no cesaron, y los pueblos indígenas americanos siguieron explotados y diezmados durante siglos después de su muerte.
Pero las ideas que defendió con una tenacidad de cincuenta años no murieron con él. Se filtraron en el pensamiento jurídico europeo, alimentaron las tradiciones de los derechos naturales que la Ilustración desarrollaría un siglo después y llegaron, finalmente, a los textos del derecho internacional contemporáneo. Las ideas justas no desaparecen cuando son derrotadas: esperan el momento en que el mundo esté dispuesto a recibirlas.
La historia que no te contaron no desaparece. Solo espera a que alguien se atreva a contarla.
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