19 de julio de 2026

250 Aniversario de la independencia de Estados Unidos: El apoyo de España (I)

La encrucijada de 1780: cuando la Revolución estadounidense estuvo a punto de morir de hambre


La noche de Año Nuevo de 1781, en el campamento invernal de Morristown, Nueva Jersey, más de mil quinientos soldados de la Línea de Pensilvania cargaron sus mosquetes, expulsaron a sus oficiales a punta de bayoneta y emprendieron la marcha hacia Filadelfia. No huían del enemigo. Se rebelaban contra su propio ejército, hambrientos y sin cobrar desde hacía meses, dispuestos a entregarse a los británicos si el Congreso no les pagaba en dinero de verdad. Habían pasado cinco años desde la Declaración de Independencia y tres desde la victoria en Saratoga que, según el relato que se enseña en las escuelas, debía haber sellado la suerte de la guerra. Y sin embargo, en el invierno de 1780 a 1781, el ejército de George Washington se deshacía por dentro. La revolución no estaba ganando. Se estaba quedando sin dinero, y sin dinero no hay ejército que aguante un invierno más.


El espejismo de Saratoga


La rendición del general británico John Burgoyne en Saratoga, en octubre de 1777, cambió la guerra, pero no como suele contarse. Su efecto principal no fue militar sino diplomático: convenció a la corte de Luis XVI de que apostar por los rebeldes era un buen negocio, lo que llevó a la alianza franco-americana de 1778. Pero la entrada de Francia no resolvió el problema real de los rebeldes, que no era de estrategia sino de caja. La guerra se ganaba con pólvora, y la pólvora se compraba con plata, y la plata se estaba acabando.  


El Congreso Continental, sin potestad para recaudar impuestos directos, había financiado la guerra imprimiendo papel moneda sin respaldo metálico: los continentals. La fórmula funcionó mientras hubo confianza y dejó de funcionar en cuanto esa confianza se agotó. En 1775, un dólar continental valía un dólar de plata español. En 1778 hacían falta siete para comprar un dólar de plata. A comienzos de 1780 la proporción era de cuarenta a uno. A finales de ese año, cien. De ahí nació la expresión que todavía define en inglés algo que no vale nada: not worth a continental. Los agricultores escondían el grano antes que venderlo por papel. Los comerciantes cerraban sus tiendas. Y el ejército de Washington, que sobre el papel contaba con más de diez mil hombres, se reducía cada semana por deserción y, cada vez más, por motín abierto.

El motín de la Línea de Pensilvania fue el más grave de toda la guerra. No fue un estallido caótico: los amotinados formaron un consejo de sargentos, mantuvieron la disciplina de marcha y dejaron claro que su objetivo era el Congreso, no la traición. Solo la mediación urgente de varios oficiales, y la promesa de atender sus reclamaciones, evitó que aquellos mil quinientos hombres armados terminaran entregándose a Nueva York. El Congreso no tenía plata para pagarles. Francia, exhausta por su propio esfuerzo bélico, tampoco. 
El auxilio, cuando llegó, vino de un lugar que ningún libro de texto estadounidense menciona con el peso que merece: el imperio español del Caribe.

Una alianza sin sentimentalismo


España no entró en guerra contra Gran Bretaña en 1779 por simpatía hacia una república de colonos rebeldes. Al contrario: a Carlos III le inquietaba profundamente que sus propias colonias americanas tomaran nota del ejemplo. España entró en guerra por razones de estado clásicas: recuperar Gibraltar y Menorca, arrebatar Florida a los británicos y debilitar a un rival que llevaba dos siglos disputándole el control del Atlántico. Ayudar a Washington no era el objetivo. Era el instrumento.

Esa distinción importa, porque explica por qué la ayuda española fue durante años discreta y calculada antes de volverse abierta. Desde 1776, tres años antes de la declaración formal de guerra, España ya canalizaba suministros hacia las Trece Colonias a través de una red que operaba en los márgenes de la diplomacia oficial. Su nodo europeo era el puerto de Bilbao, donde el comerciante vasco Diego de Gardoqui dirigía una empresa pantalla, Gardoqui e Hijos, que enviaba pólvora, mosquetes, mantas y monedas de plata camuflados como comercio privado. Entre 1777 y 1779, antes de que España disparara un solo tiro contra Gran Bretaña, ya había transferido a los rebeldes sumas equivalentes a varios millones de dólares actuales.

La declaración de guerra de junio de 1779 cambió las reglas. La ayuda podía ser más visible, pero también tenía que ser más estratégica: la guerra se había globalizado, y el centro de gravedad del esfuerzo español se desplazó de Bilbao a La Habana.


Juan de Miralles, el amigo que Washington no pudo salvar


Antes de que llegaran los grandes nombres de la diplomacia y las finanzas, hubo un hombre que tendió el primer puente real entre la corte de Madrid y el campamento de Washington. Se llamaba Juan de Miralles, comerciante español establecido en La Habana con una red de contactos que se extendía por todo el Caribe. Desde 1778 viajó a las Trece Colonias como agente oficioso de la Corona, instalado en Filadelfia, con una misión tan simple como delicada: observar, informar y asegurarse de que los rebeldes no se desanimaran y firmaran una paz por separado que dejara a España sola frente a Gran Bretaña.

Miralles cultivó relaciones con el Congreso y con la élite comercial de Filadelfia, pero su logro mayor fue ganarse la amistad personal de Washington. En abril de 1780 viajó al campamento de Morristown para una ronda de consultas, en pleno invierno, y allí contrajo una pulmonía fulminante. Murió el 28 de abril, rodeado de oficiales americanos que le rindieron honores militares completos. Washington asistió en persona al funeral y anotó en su diario la pérdida de un hombre cuyo compromiso con la causa americana consideraba sincero. Su sucesor, el joven diplomático Francisco Rendón, mantuvo el canal abierto, pero la relación hispano-americana necesitaba un salto de escala que Rendón, por experiencia y por rango, no podía dar.

El prisionero que llegó a tiempo


Ese salto de escala tenía nombre: Francisco de Saavedra y Sangronis. Nacido en Sevilla en 1746, formado en jurisprudencia y teología, Saavedra había hecho carrera como administrador económico en comisiones andaluzas hasta llamar la atención de José de Gálvez, el todopoderoso ministro de Indias y tío del joven gobernador de Luisiana, Bernardo de Gálvez. Éste apreciaba la discreción y la capacidad de trabajo de Saavedra, y en 1780, con la guerra en su momento más delicado, lo nombró Comisario Regio y lo envió al Caribe con plenos poderes para coordinar todo el teatro de operaciones del golfo de México y el mar Caribe.

El viaje casi termina antes de empezar. El barco que llevaba a Saavedra hacia La Habana fue interceptado por un buque de guerra británico, que lo desvió a Jamaica como prisionero. Saavedra se presentó ante sus captores como un simple comerciante, arrojó sus papeles al mar para que no cayeran en manos enemigas y logró negociar un canje que le permitió salir de la isla a comienzos de 1781, a bordo de un barco francés, rumbo por fin a Cuba. El emisario del rey de España llegó a su destino como fugitivo, no como diplomático, y esa peripecia dice bastante sobre lo incierto que era en 1780 cualquier plan trazado desde Madrid para ganar una guerra a miles de kilómetros de distancia.


La Habana, capital en guerra


Saavedra desembarcó en una ciudad transformada. La Habana de comienzos de 1781 era el nervio militar del imperio español en el hemisferio occidental: puerto de la Flota de Indias, punto de llegada de la plata de Veracruz, plaza fortificada tras la humillante ocupación británica de 1762 y base de la mayor operación militar española en América, la reconquista de Florida. Meses antes, en octubre de 1780, un huracán de extraordinaria violencia había destrozado la flota de sesenta y cuatro navíos que debía llevar a Bernardo de Gálvez contra Pensacola, matando a cerca de dos mil hombres y obligando a los supervivientes a regresar renqueando a puerto. Gálvez, que ya había tomado Baton Rouge, Natchez y Mobile, no se arredró: preguntó al consejo de guerra si tan poca constancia tenían que un temporal bastaba para detenerlos, obtuvo el respaldo para intentarlo de nuevo, y a finales de febrero de 1781 zarpó una segunda vez.

La misión de Saavedra en esos primeros meses fue precisamente esa: unificar un consejo de generales dividido y asegurar que Pensacola recibiera los recursos que necesitaba. La ciudad cayó el 10 de mayo de 1781 tras un asedio de dos meses, y con ella toda Florida Occidental pasó a manos españolas. Fue un triunfo notable, y también, aunque nadie podía saberlo todavía, el preludio de algo más decisivo. Porque mientras Gálvez cercaba Pensacola, a dos mil kilómetros de distancia, en Newport, Rhode Island, un ejército francés de cinco mil hombres llevaba meses inmóvil por un motivo tan prosaico como el que había hecho estallar el motín de la Línea de Pensilvania: no tenía dinero para moverse.
Esa parálisis, y la reunión que la resolvería, son la historia que cuenta el segundo artículo de esta serie.
La historia que no te contaron no desaparece. Solo espera a que alguien se atreva a contarla.

¿Te ha resultado interesante? Comparte este artículo y cuéntanos en los comentarios: ¿sabías que Estados Unidos estuvo, en 1780, más cerca de perder su guerra de independencia que de ganarla?

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