19 de julio de 2026

250 Aniversario de la independencia de Estados Unidos: El apoyo de España (II)

El día que La Habana pagó la independencia de Estados Unidos


En julio de 1781, el ejército expedicionario francés llevaba un año entero acampado en Newport, Rhode Island, sin poder moverse. No lo detenía la Marina británica, sino algo más humillante para un ejército de cinco mil hombres bien armados: la falta de dinero contante. Y a dos mil millas de allí, en la colonia francesa de Saint-Domingue, un funcionario español sin mando militar alguno estaba a punto de tomar la decisión que pondría en marcha la campaña que terminaría, tres meses después, con la rendición de Lord Cornwallis en Yorktown. Esta es la historia de esa decisión, de la colecta de emergencia que la hizo posible y de por qué casi ningún libro de texto estadounidense la cuenta con el peso que merece.

Un ejército de lujo, inmovilizado por vergüenza


El conde de Rochambeau había desembarcado en Newport en julio de 1780 al mando de una fuerza excelente: artillería de asedio, ingenieros expertos, oficiales curtidos en las guerras europeas. La promesa era que ese ejército operaría junto a la escuadra del almirante De Grasse para asestar un golpe decisivo a los británicos. Pero entre la promesa y la realidad mediaba un abismo financiero. Las cartas de crédito que Rochambeau traía consigo no servían de nada, porque los comerciantes americanos, escaldados por la inflación del continental, exigían plata contante antes de vender una sola fanega de grano. Washington se lo confesó sin rodeos a su aliado en diciembre de 1780: carecía de facultades para procurar dinero, y el crédito público estaba arruinado.


El resultado fue un ejército de primera paralizado durante más de seis meses. Los oficiales franceses empeñaban sus pertenencias para comprar comida. Rochambeau escribía a Versalles cartas cada vez más ásperas, describiendo la humillación de tener tropas listas para el combate e inmovilizadas por falta de metal. Ese socorro no podía venir de Versalles, con las arcas exhaustas por su propio esfuerzo bélico, ni de Filadelfia, donde el Congreso discutía impuestos que nunca llegaba a recaudar. Solo podía venir de un lugar, y los estrategas franceses lo sabían: del imperio español del Caribe.

El encuentro en Saint-Domingue


Tras la caída de Pensacola en mayo de 1781, José de Gálvez encomendó a Francisco de Saavedra una nueva misión: viajar a la colonia francesa de Saint-Domingue, en la actual Haití, para coordinar con el almirante François Joseph Paul de Grasse el uso de la flota francesa en el Caribe. Saavedra y De Grasse se reunieron por primera vez el 17 de julio de 1781, a bordo del buque insignia Ville de Paris, en el puerto de Cap-Français.

El plan francés hasta ese momento apuntaba a las Antillas menores y a una eventual ofensiva contra Jamaica. Pero Rochambeau había hecho llegar a De Grasse un mensaje desesperado: sin dinero y sin la flota completa, el ejército aliado en Norteamérica no podría moverse, y la ventana para una ofensiva conjunta contra Cornwallis se cerraría antes del invierno. De Grasse intentó primero resolverlo por su cuenta. Colocó carteles en las calles de Cap-Français ofreciendo letras de cambio contra el tesoro de Versalles a quien adelantara efectivo. El resultado fue casi ridículo: apenas cincuenta mil libras, una fracción de lo necesario.

Fue entonces cuando Saavedra planteó el argumento que cambiaría el rumbo de la guerra: España protegería temporalmente las posesiones francesas del Caribe, liberando así a De Grasse para llevarse la flota entera, sin dividirla, hacia la bahía de Chesapeake. Y España, no Francia, pondría el dinero que el ejército aliado necesitaba para moverse. El acuerdo, conocido después como la Convención De Grasse-Saavedra, no lo firmaba un militar. Lo firmaba un administrador civil que había entendido algo que a sus interlocutores con uniforme les costaba ver: la guerra contra Gran Bretaña no se ganaba en un solo tablero, y mantener viva la ofensiva americana era, para España, la forma más barata de defender sus propias posesiones caribeñas.
 

Un día para reunir medio millón de pesos


Saavedra embarcó de regreso hacia Cuba en la fragata Aigrette, seguido por el grueso de la flota francesa, y llegó a La Habana el 15 de agosto de 1781. Allí le esperaba un problema añadido: buena parte de los fondos de la Real Hacienda ya habían sido remitidos a España, y la caja disponible no cubría ni de lejos el medio millón de pesos prometido a De Grasse.

Saavedra no tenía autoridad para imponer un tributo ni tiempo para esperar instrucciones de Madrid. Hizo entonces algo más directo: convocó a los comerciantes, hacendados y funcionarios de La Habana y les expuso la urgencia sin rodeos. La respuesta fue extraordinaria. En un plazo que las fuentes sitúan entre unas pocas horas y dos días, veintiocho inversores particulares de la ciudad reunieron los quinientos mil pesos de plata que la operación necesitaba, a cambio de la promesa de que la Real Hacienda les devolvería el capital con un interés del dos por ciento en cuanto llegaran los galeones del año siguiente. No fue una donación patriótica en el sentido romántico que a veces se cuenta. Fue un préstamo bien calculado de gente que entendía que la victoria naval española y francesa en el Caribe también protegía sus propios negocios.

El dinero se cargó de nuevo en la Aigrette, que zarpó de La Habana el 17 de agosto y se reunió al día siguiente con el resto de la escuadra francesa. La flota puso rumbo al norte.


 

De La Habana a Chesapeake


El 30 de agosto, De Grasse fondeó frente a las costas de Virginia con veintiocho navíos de línea, tres mil soldados de refuerzo bajo el mando del marqués de Saint-Simon y la plata de La Habana en sus bodegas. El 5 de septiembre, Robert Morris, superintendente de finanzas del Congreso, recibió por fin veintiséis mil seiscientos pesos del tesorero del ejército francés. Fue, según los testimonios de la época, la primera vez que la mayoría de los soldados de Washington cobraba algo en toda la guerra.

El impacto fue inmediato. Los comerciantes que se habían negado a vender a cambio de continentals abrieron sus almacenes en cuanto oyeron el tintineo de la plata española. Los carreteros que se habían resistido a alquilar sus mulas se presentaron voluntariamente. Y el ejército de Rochambeau, por fin solvente, pudo comprar el forraje, los carromatos y los víveres que necesitaba para marchar hacia el sur. El intendente francés Claude Blanchard dejó constancia, en su diario de campaña, de una escena que resume mejor que cualquier cifra el peso literal de aquel auxilio: la noche en que guardó parte de la plata en su alojamiento de Williamsburg, el suelo de la habitación contigua cedió bajo el peso de los sacos.

El cerco de Yorktown


Esa marcha llevó al ejército de Rochambeau a unirse con el de Washington en White Plains y, después, a emprender juntos el descenso hacia Virginia, donde De Grasse ya bloqueaba la salida al mar del británico Cornwallis. El cerco terrestre y naval de Yorktown, el bombardeo de las posiciones británicas y la rendición de Cornwallis, el 19 de octubre de 1781, son la parte de la historia que todos los manuales cuentan. Lo que casi ninguno cuenta es que esa cadena de acontecimientos se habría roto en su primer eslabón sin la plata reunida en La Habana en menos de dos días.

El propio Cornwallis reconoció después, en sus memorias, que la llegada de las tropas de Saint-Simon, liberadas para la campaña gracias al arreglo de Saavedra con De Grasse, le impidió lanzar un ataque final contra las posiciones americanas que Lafayette ya tenía cercadas. Rochambeau, en carta al conde de Aranda, embajador español en París, reconoció en términos similares el peso de la contribución de España. Y el propio Vergennes, ministro de Exteriores francés, escribió en octubre de 1781 que nadie había aportado más buena disposición a la conciliación del plan de operaciones que Saavedra.

El auxilio no se agotó en Yorktown. En septiembre y diciembre de aquel año, otras dos remesas de un millón de pesos cada una, procedentes de La Habana y de Veracruz, siguieron sosteniendo la flota de De Grasse para una ofensiva contra Jamaica que nunca llegó a producirse: la escuadra francesa fue derrotada por el almirante Rodney en la batalla de los Santos en abril de 1782. Pero eso ya pertenece a otra historia. La que importa aquí es que el dinero español, gestionado por un civil sin mando militar, financió tanto el movimiento decisivo del ejército aliado como el propio despliegue naval que lo hizo posible.

El olvido de Saavedra


Terminada la guerra, Lafayette, Rochambeau y De Grasse fueron celebrados en Estados Unidos con estatuas, plazas y ciudades que llevan su nombre. Saavedra regresó a España, donde continuó una carrera administrativa notable que lo llevaría a ser ministro de Hacienda y de Estado, y presidente de la Junta Suprema durante la invasión napoleónica. Nunca reclamó reconocimiento americano. Cuando escribió sus memorias, tituladas Los Decenios, lo hizo para dejar constancia de unos hechos que consideraba propios de la historia de España, no para exigir un lugar en la de Estados Unidos.

El historiador Thomas E. Chávez ha sostenido que la ayuda española a la independencia americana fue tan intrínseca a la victoria final como cualquier batalla del frente terrestre. Larrie D. Ferreiro, en su estudio sobre los aliados de la revolución, llega a una conclusión parecida: sin el capital movilizado desde el Caribe español, la campaña de 1781 no habría sido posible en los plazos en que se ejecutó. Ninguno de los dos exagera. Un imperio monárquico y católico, que temía el contagio revolucionario en sus propias colonias más que ninguna otra cosa, resultó ser el salvavidas financiero imprescindible para el nacimiento de la república que encarnaba justo lo que esa monarquía más temía.

Mientras los manuales sigan reduciendo la contribución española a una nota a pie de página, la reunión de Cap-Français, los veintiocho inversores de La Habana y el suelo hundido de Williamsburg seguirán en la penumbra. Pero los archivos de Sevilla, de La Habana y de París están ahí para quien quiera leerlos. La independencia de Estados Unidos tiene entre sus artífices invisibles a un sevillano ilustrado, a un puñado de comerciantes cubanos y a una isla caribeña que entendió, en el momento justo, que financiar la libertad ajena era la forma más eficaz de defender la propia.
La historia que no te contaron no desaparece. Solo espera a que alguien se atreva a contarla.
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