23 de agosto de 2026

El Mediterráneo: el mar que conecta tres continentes y concentra todas sus tensiones

Una patera sale de las costas de Trípoli con más de cien personas a bordo. Un buque de perforación turco faena frente a la isla griega de Kastelórizo, a menos de dos kilómetros de la costa de Anatolia. Un petrolero evita el mar Rojo y rodea África entera para no cruzarse con los misiles hutíes. Un pescador calabrés recoge redes cada vez más vacías en aguas que este verano llegaron a superar los treinta grados. Los cuatro hechos pueden ocurrir el mismo día, en el mismo mar. El Mediterráneo no conecta tres continentes: concentra sus fracturas.

 

Un mar pequeño para tantos conflictos


El Mediterráneo ocupa apenas el 1 % de la superficie oceánica del planeta. Baña las costas de veintidós países, tres continentes y varias civilizaciones que llevan tres mil años comerciando, guerreando y mezclándose en sus orillas. Ningún otro mar del mundo concentra tanta densidad de fronteras, tanta memoria imperial acumulada ni tanta desigualdad económica entre una orilla y otra.

La orilla norte, europea, tiene una renta media que multiplica por diez la de buena parte de la orilla sur. La orilla este arrastra la guerra más larga y más mediática del siglo, además de la fragmentación de Libia y de Siria. La orilla sur combina regímenes autoritarios, dependencia energética y una población joven que no encuentra futuro en casa.


Llamarlo Mare Nostrum, como hacían los romanos, fue siempre una simplificación interesada. El Mediterráneo nunca ha sido de nadie. Es, más bien, el lugar donde las ambiciones de todos chocan porque el espacio es limitado y los recursos, escasos.

9 de agosto de 2026

Los bosques que respiramos: por qué la deforestación es también una crisis política

En 2024 el mundo perdió 6,7 millones de hectáreas de bosque tropical primario, un área casi del tamaño de Panamá, a un ritmo equivalente a dieciocho campos de fútbol por minuto. No fue un año excepcional por accidente. En 2025, perdimos 4,3 millones de hectáreas de bosque tropical primario. Esto representó una disminución del 36% en comparación con las cifras récord registradas en 2024, pero es nada mas que un paréntesis ante el futuro que nos espera. 


Es el resultado de decisiones políticas concretas: subsidios agrícolas, leyes aprobadas para favorecer a un sector, un reglamento aplazado por presión de un lobby, títulos de propiedad que nunca llegan a las comunidades que llevan siglos cuidando ese territorio. La deforestación se suele contar como una historia de motosierras y satélites. Es, sobre todo, una historia de quién tiene poder para decidir qué pasa con la tierra.

Un negocio que vale más muerto que vivo


La lógica económica que sostiene la destrucción de los bosques es sencilla y por eso mismo difícil de revertir. Una hectárea de selva en pie no genera ingresos inmediatos para nadie. La misma hectárea convertida en pasto para ganado o en plantación de soja o de palma aceitera, sí. El mercado no asigna valor al bosque como sumidero de carbono ni como regulador de lluvias. Le asigna valor a lo que se puede vender una vez talado.


4 de agosto de 2026

250 Aniversario de la independencia de Estados Unidos: El apoyo de España (IV)

Diego de Gardoqui: el bilbaíno que armó una revolución y estuvo a punto de romperla

En 1789, en una casa de Broadway junto a Bowling Green, un diplomático español decoró la fachada con jardines de mentira, columnas de mármol falso y trece estrellas iluminadas para celebrar la investidura de George Washington. Dos de esas estrellas permanecían apagadas: representaban a los estados que todavía no habían ratificado la Constitución. El hombre que organizó ese homenaje, Diego de Gardoqui, había pasado la década anterior enviando mosquetes, pólvora y créditos a una causa que entonces no tenía ni país ni ejército propio que la respaldara. Y apenas dos años después de aquella fiesta, había estado a punto de provocar que la joven confederación se rompiera por la mitad.

 De importadores de bacalao a proveedores de un ejército


Diego María de Gardoqui y Arriquíbar nació en Bilbao en 1735, el segundo de ocho hijos de una familia que había construido su fortuna en el comercio marítimo. La empresa familiar, José de Gardoqui e Hijos, empezó importando bacalao inglés y terminó convertida en una de las casas comerciales más influyentes entre España y las colonias británicas de Norteamérica. Su padre lo envió a Londres, donde pasó cinco años formándose junto a un director de la Compañía de las Indias Orientales. Allí aprendió inglés y contabilidad, y sobre todo tejió una red de contactos comerciales con Nueva Inglaterra que se revelaría decisiva.


Entre esos contactos estaba Jeremiah Lee, comerciante de Massachusetts y más tarde figura destacada de la resistencia colonial. Cuando Gran Bretaña cerró el puerto de Boston en 1774 y las colonias empezaron a organizarse militarmente, Lee pidió ayuda a su socio bilbaíno. A comienzos de 1775, meses antes del primer disparo en Lexington y sin que existiera todavía ninguna relación oficial entre España y los rebeldes, Gardoqui envió trescientos mosquetes con sus bayonetas y seiscientos pares de pistolas. Fue, según quienes han reconstruido este episodio, la primera ayuda militar extranjera que recibieron los futuros Estados Unidos, llegada antes de que Washington tuviera un ejército que armar y antes de que ningún gobierno europeo se hubiera planteado apoyar abiertamente la causa americana.