4 de agosto de 2026

250 Aniversario de la independencia de Estados Unidos: El apoyo de España (IV)

Diego de Gardoqui: el bilbaíno que armó una revolución y estuvo a punto de romperla

En 1789, en una casa de Broadway junto a Bowling Green, un diplomático español decoró la fachada con jardines de mentira, columnas de mármol falso y trece estrellas iluminadas para celebrar la investidura de George Washington. Dos de esas estrellas permanecían apagadas: representaban a los estados que todavía no habían ratificado la Constitución. El hombre que organizó ese homenaje, Diego de Gardoqui, había pasado la década anterior enviando mosquetes, pólvora y créditos a una causa que entonces no tenía ni país ni ejército propio que la respaldara. Y apenas dos años después de aquella fiesta, había estado a punto de provocar que la joven confederación se rompiera por la mitad.

 De importadores de bacalao a proveedores de un ejército


Diego María de Gardoqui y Arriquíbar nació en Bilbao en 1735, el segundo de ocho hijos de una familia que había construido su fortuna en el comercio marítimo. La empresa familiar, José de Gardoqui e Hijos, empezó importando bacalao inglés y terminó convertida en una de las casas comerciales más influyentes entre España y las colonias británicas de Norteamérica. Su padre lo envió a Londres, donde pasó cinco años formándose junto a un director de la Compañía de las Indias Orientales. Allí aprendió inglés y contabilidad, y sobre todo tejió una red de contactos comerciales con Nueva Inglaterra que se revelaría decisiva.


Entre esos contactos estaba Jeremiah Lee, comerciante de Massachusetts y más tarde figura destacada de la resistencia colonial. Cuando Gran Bretaña cerró el puerto de Boston en 1774 y las colonias empezaron a organizarse militarmente, Lee pidió ayuda a su socio bilbaíno. A comienzos de 1775, meses antes del primer disparo en Lexington y sin que existiera todavía ninguna relación oficial entre España y los rebeldes, Gardoqui envió trescientos mosquetes con sus bayonetas y seiscientos pares de pistolas. Fue, según quienes han reconstruido este episodio, la primera ayuda militar extranjera que recibieron los futuros Estados Unidos, llegada antes de que Washington tuviera un ejército que armar y antes de que ningún gobierno europeo se hubiera planteado apoyar abiertamente la causa americana.
 

El canal encubierto del Tesoro Real


Lo que empezó como una operación privada entre comerciantes se convirtió pronto en política de Estado, aunque una política que la Corona prefería no reconocer en público. Carlos III encargó a Gardoqui canalizar de forma encubierta fondos del Tesoro Real hacia los rebeldes utilizando su empresa privada como tapadera. Entre 1776 y 1779 gestionó créditos por ocho millones de reales destinados a abastecer a las tropas de George Washington y, en el frente occidental, a las de George Rogers Clark. Mantuvo además una correspondencia constante con John Jay, entonces enviado del Congreso Continental ante la corte española, a través de la cual canalizó otros 265.000 pesos entre 1780 y 1781, años antes de que ambos volvieran a sentarse frente a frente en circunstancias muy distintas.

El material que salió de los almacenes de Gardoqui hacia América incluyó, según los registros de la época y la documentación oficial de la casa comercial José de Gardoqui e Hijos, y en los archivos del Ministerio de Estado es la siguiente: 215 cañones de bronce, 30.000 mosquetes con sus bayonetas, 512.314 balas de mosquete, trescientas mil libras de pólvora, cerca de trece mil granadas, 12.868 tiendas de campaña, 216.000 yardas de tela para uniformes, 30.000 juegos de uniformes completos, además de víveres de larga conservación y quinina.

Buena parte de ese cargamento viajaba en pequeños bergantines, discretos por su reducido tonelaje, que zarpaban de Bilbao hacia La Habana y de ahí a los puertos de Salem y Boston. En abril de 1780, la misma red de Gardoqui armó a los once mil soldados que partieron de Cádiz hacia La Habana para combatir bajo el mando de Bernardo de Gálvez en el golfo de México, Florida y la Luisiana española, la campaña que esta serie ya contó semanas atrás.

El Congreso Continental, agradecido pero sin efectivo, pagó parte de esas entregas en tabaco, alquitrán y brea, tal como ordenó en octubre de 1777. Era comercio de guerra, no una donación: Gardoqui hacía negocio con la causa americana, y ese negocio servía a la vez a los intereses de su empresa, a los de la Corona española y a los de un ejército que en sus primeros años carecía casi de todo.
 

El primer representante diplomático


Terminada la guerra, España quiso convertir esa relación encubierta en una relación diplomática abierta. El 27 de septiembre de 1783, la Corona nombró a Gardoqui encargado de negocios, primer representante oficial de España ante el nuevo país, aunque la posteridad lo recordaría casi siempre, sin demasiado rigor protocolario, como el primer embajador español en Estados Unidos. Presentó sus cartas credenciales el 22 de junio de 1785 en Nueva York, con instrucciones de negociar un tratado comercial y, sobre todo, de no ceder un ápice en un asunto que la Corona consideraba innegociable: la navegación exclusiva del río Misisipi, que España controlaba desde Nueva Orleans.


Gardoqui se instaló en Nueva York con la misma habilidad social que había cultivado como comerciante. En octubre de ese año colocó la primera piedra de San Pedro, la primera iglesia católica construida como tal en el estado de Nueva York, y su casa se convirtió en punto de encuentro de la pequeña comunidad diplomática católica. Cuando Washington juró el cargo el 30 de abril de 1789, Gardoqui fue uno de los dos únicos diplomáticos extranjeros presentes en la ceremonia y calificó el discurso de elocuente y apropiado. Para la ocasión decoró su casa de Broadway con la escenografía de jardines y estrellas que abre este artículo, y le regaló a Washington una edición española en cuatro volúmenes del Quijote que todavía se conserva en la biblioteca personal de Mount Vernon. Washington llegaría a asegurar, un año después, que ningún súbdito de la corona española habría sido mejor recibido por los habitantes de aquellos estados.
 

El tratado que casi rompe la Unión


Pero la diplomacia de Gardoqui tuvo un capítulo mucho menos amable, y probablemente el más importante de toda su carrera. En el verano de 1786, tras un año de negociaciones con John Jay, ya secretario de Asuntos Exteriores del Congreso Confederal, ambos cerraron un acuerdo que abría los puertos de España y sus colonias caribeñas al comercio norteamericano a cambio de que Estados Unidos renunciara, durante veinticinco o treinta años, a su derecho a navegar el Misisipi hasta Nueva Orleans.

Jay defendía el trato como un mal menor: ese derecho de navegación era, decía, papel mojado mientras España controlara ambas orillas del río, y las ventajas comerciales inmediatas para el noreste del país eran reales. Los estados del sur y del oeste no lo vieron igual. Virginia, con James Madison y James Monroe a la cabeza, entendió la propuesta como una traición a los colonos que ya se instalaban en Kentucky y Tennessee, cuya economía dependía por completo de poder sacar sus cosechas por el Misisipi hasta el mar. El Congreso votó en agosto de 1786: siete estados del norte a favor de liberar a Jay del mandato que le prohibía ceder ese derecho, cinco del sur en contra. La votación, dividida estrictamente por regiones, no alcanzó los nueve votos necesarios para ratificar ningún tratado, pero bastó para filtrar la noticia pese al secreto que el Congreso había impuesto a sus propios debates. La reacción en las fronteras occidentales fue inmediata: colonos de Kentucky llegaron a hablar de reunir tropas para expulsar a los españoles de Nueva Orleans por la fuerza, y durante semanas pareció que la propia unión de los estados podía resquebrajarse por una disputa sobre un río.

En ese ambiente de fractura, Gardoqui exploró por encargo de su gobierno una vía todavía más audaz. Entre 1786 y 1789 mantuvo contactos con políticos y militares del oeste, entre ellos el congresista James White, el general James Wilkinson y el político John Brown, para tantear la posibilidad de que Kentucky se separara de Estados Unidos y buscara la protección de España a cambio de la navegación libre del río. Un plan paralelo, negociado con el coronel George Morgan, preveía instalar una colonia agrícola bajo soberanía española al oeste del Misisipi, bautizada Nueva Madrid. Ninguno de los dos proyectos llegó a cuajar. El tratado murió en el Congreso, la colonia nunca se fundó como tal, y Kentucky terminó uniéndose a Estados Unidos en 1792 sin separarse de nadie. Pero durante casi tres años, el mismo hombre que había ayudado a financiar el nacimiento de la unión trabajó activamente, por encargo de su rey, para explotar la fractura que amenazaba con partirla.

El regreso y los últimos años


Gardoqui regresó a España en 1788 y dejó el cargo en manos de dos colaboradores de su propio equipo, José de Jaudenes y José Ignacio de Viar. En 1791 asumió como ministro de Hacienda, cargo que ocupó en propiedad al año siguiente tras la muerte de su antecesor. Murió en Turín el 12 de noviembre de 1798, el mismo día exacto de su 63 cumpleaños. Antes, en 1789, había sido elegido miembro de la Sociedad Filosófica Americana, la institución científica fundada por Benjamin Franklin, un reconocimiento que sus contemporáneos no le escatimaron aunque la posteridad sí lo haría.


 

Lo que decidimos recordar


En 1977, con motivo del bicentenario de la independencia, la Corona española regaló a la ciudad de Filadelfia una estatua de Diego de Gardoqui que todavía se levanta en Logan Square. Es el monumento más visible que existe hoy a cualquier figura de esta serie: más presente en el espacio público estadounidense, donde ocupa una plaza y figura en los archivos de instituciones como la Sociedad Filosófica Americana o la biblioteca de Mount Vernon, que en la propia España, donde su apellido sobrevive sobre todo en una calle de Bilbao que en realidad honra a su hermano, el cardenal Francisco Gardoqui.

Ese desequilibrio no es casual. El relato oficial estadounidense necesitaba a Francia como aliado principal de la independencia, una historia más simple y con menos aristas que reconocer la ayuda simultánea de una monarquía católica y absolutista que, mientras armaba a los rebeldes, negociaba en secreto con sus vecinos separatistas y les cerraba el acceso al río que necesitaban para vivir. El relato oficial español, por su parte, prefería contar el imperio del XVIII como decadencia y no como potencia capaz de financiar una revolución al otro lado del Atlántico; reconocer el papel de Gardoqui habría obligado a explicar también por qué España trabajó después para debilitar a la misma república que había ayudado a nacer.

Bernardo de Gálvez tiene hoy una autopista con su nombre en el sur de Estados Unidos y ciudades enteras que llevan su apellido. Gardoqui tiene una estatua que la mayoría de quienes cruzan Logan Square no sabría explicar. Los generales ganan calles y monumentos con más facilidad que los comerciantes y los diplomáticos, aunque unos y otros sean igual de necesarios para que una guerra se gane. Ninguno de los dos aparece en los manuales escolares de ningún lado del Atlántico con el espacio que merece su papel real. La historia que no te contaron no siempre es la historia que alguien ocultó a propósito. A veces es, simplemente, la historia que no encajaba en el relato que cada país había decidido contarse a sí mismo.
 
La historia que no te contaron no desaparece. Solo espera a que alguien se atreva a contarla.

¿Te ha resultado interesante? Con esta entrada cerramos la serie del 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos. 

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