Bernardo de Gálvez: la independencia que también se ganó en el golfo de México
Seguimos en 1781, ante la entrada de la bahía de Pensacola, un capitán de navío español se negó a arriesgar sus barcos bajo el fuego de dos fuertes ingleses. El gobernador de Luisiana no tenía autoridad para obligarle a entrar. Así que subió a su propio bergantín, izó la insignia de mando, disparó quince cañonazos para que nadie dudara de quién iba a bordo y cruzó el canal en solitario, escoltado solo por una balandra y dos cañoneras. Tenía treinta y cuatro años y se llamaba Bernardo de Gálvez. El resto de la escuadra, avergonzada, acabó siguiéndole. Ese gesto, más temerario que estratégico, resume bastante bien una campaña militar que alteró el equilibrio de fuerzas en la guerra de independencia de Estados Unidos y que la historiografía angloamericana ha tratado durante dos siglos como una nota al margen.
Un gobernador que ya estaba en guerra antes de que Madrid la declarara
Gálvez llegó al gobierno de la Luisiana española en 1777, con poco más de treinta años y una carrera militar forjada en la frontera con los apaches y en el fallido desembarco de Argel de 1775. Desde Nueva Orleans, y años antes de que España entrara oficialmente en guerra contra Gran Bretaña, ya estaba armando a los rebeldes americanos. Pólvora, mantas, medicinas y fusiles subían por el Misisipi hacia las tropas continentales gracias a una red que Gálvez sostenía junto al comerciante y agente estadounidense Oliver Pollock, con el respaldo discreto de su tío José de Gálvez, ministro de Indias en Madrid.
Cuando Carlos III declaró finalmente la guerra a Gran Bretaña el 21 de junio de 1779, lo hizo sobre todo por intereses propios: recuperar Gibraltar, Menorca y las dos Floridas, cedidas a los ingleses en 1763. Ayudar a los rebeldes americanos era, para la Corona, un efecto colateral útil, no el objetivo central. Gálvez, sin embargo, no esperó instrucciones detalladas ni el visto bueno del mando naval. En cuanto le llegó la noticia de la declaración de guerra, a finales de julio, empezó a organizar una ofensiva contra los puestos ingleses del bajo Misisipi.
Manchac, Baton Rouge, Natchez: la ofensiva relámpago de 1779
El 27 de agosto de 1779, Gálvez salió de Nueva Orleans con poco más de seiscientos hombres. La mitad eran reclutas recién llegados de España sin apenas instrucción. Le acompañaban también milicianos criollos, un contingente de hombres negros libres y mulatos, y una decena de voluntarios angloamericanos bajo el mando de Oliver Pollock. No era, en ningún sentido, un ejército regular al uso.
El 7 de septiembre tomó por asalto el fuerte Bute de Manchac. Dos semanas después puso sitio al fuerte New Richmond de Baton Rouge, defendido por el teniente coronel Alexander Dickson con tropas veteranas y milicia local. El 21 de septiembre, tras varios días de bombardeo, la guarnición se rindió: trescientos setenta y cinco soldados regulares entregaron las armas y las banderas. Días después caía también, sin resistencia, el fuerte Panmure de Natchez. En menos de un mes, Gálvez había expulsado a los británicos de todo el curso bajo del Misisipi, uno de los corredores logísticos más disputados de la guerra.
Mobile y el año en que la armada no llegó a tiempo
En marzo de 1780, Gálvez repitió la jugada sobre Mobile, base clave del dominio británico en Florida Occidental. Tras un breve asedio, el fuerte Charlotte capituló. Con Manchac, Baton Rouge, Natchez y Mobile en su poder, solo quedaba un objetivo: Pensacola, la principal plaza fuerte inglesa del golfo de México.
El primer intento fracasó. A finales de 1780, una tormenta tropical dispersó la flota que se había reunido en La Habana para la expedición, y la falta de coordinación con el mando naval, que dependía de Cuba y no de Luisiana, obligó a aplazar la operación. Gálvez tuvo que viajar personalmente a La Habana para desatascar la campaña, negociar refuerzos y limar las fricciones con unos oficiales de marina que no siempre estaban dispuestos a asumir sus riesgos.
Pensacola: el asedio que decidió el golfo
A finales de febrero de 1781, una flota de treinta y seis navíos zarpó de nuevo desde La Habana. El 9 de marzo, las tropas españolas desembarcaron en la isla de Santa Rosa, a la entrada de la bahía de Pensacola. Ahí llegó el momento narrado al principio: el capitán José Calvo de Irazábal se negó a cruzar el estrecho canal de acceso bajo el fuego de la batería de Barrancas Coloradas, y Gálvez cruzó solo, el 18 de marzo, con su bergantín Galveztown, la balandra Valenzuela y dos cañoneras. Según las crónicas de la época, antes de zarpar hizo llegar al capitán una advertencia breve: el que tenga honor y valor que me siga.
El asedio se prolongó dos meses. La fuerza inicial, de poco más de mil quinientos hombres, creció con la llegada sucesiva de refuerzos desde La Habana, Mobila y Nueva Orleans, y con una escuadra francesa que sumó sus propios soldados a la operación. Hacia el final del asedio, el ejército sitiador rondaba los ocho mil hombres, frente a una guarnición inglesa de algo menos de dos mil, al mando del general John Campbell.
El desenlace llegó por accidente y por cálculo. El 8 de mayo, la artillería española, guiada por la estimación de distancias de un desertor inglés, alcanzó de lleno el polvorín del reducto de Media Luna. La explosión mató a unos ciento cinco soldados británicos y dejó la posición reducida a escombros. Dos días después, el 10 de mayo de 1781, Campbell rindió Pensacola con honores militares. Gran Bretaña perdía de un golpe toda su presencia naval en el golfo de México.
Un ejército que no cabía en el relato de trece colonias contra un imperio
La composición de las tropas de Gálvez merece más atención de la que suele recibir. En sus filas había regulares peninsulares, milicianos criollos de Luisiana, soldados negros libres y mulatos organizados en sus propias compañías, guerreros indígenas aliados de varias naciones de la región, colonos acadianos recién llegados del exilio canadiense y un pequeño grupo de voluntarios angloamericanos. Esa mezcla no era una anécdota folclórica. Era la condición material de la victoria: sin el conocimiento del terreno que aportaban los milicianos criollos y los aliados indígenas, ni las tropas regulares ni los recién llegados de España habrían sobrevivido a las marismas del bajo Misisipi.
Esa diversidad también desmonta un relato demasiado cómodo, el de una guerra librada exclusivamente entre trece colonias angloamericanas y un imperio británico, con Francia como único aliado relevante.
El golfo de México cuenta una historia distinta, la de un ejército multiétnico bajo bandera española que combatió, murió y venció en un frente que casi ningún libro de texto estadounidense menciona con el detalle que merece.
Lo que esto le costó a Cornwallis sin que él lo supiera
La campaña de Gálvez no fue un frente secundario y decorativo. Obligó a Londres a mantener guarniciones y buques en Jamaica y el Caribe ante el temor de nuevos golpes españoles, recursos que no pudieron destinarse al teatro principal donde Washington, Rochambeau y Cornwallis decidían el desenlace de la guerra. Fue un frente paralelo al otro episodio español que ya ha recorrido esta serie:
El de la plata reunida en La Habana que permitió pagar a las tropas francesas antes de Yorktown. Uno actuaba con cañones, el otro con cajas de caudales.
Los dos apuntaban al mismo objetivo, y los dos han quedado igual de desdibujados en el relato que Estados Unidos ha hecho de su propia independencia.
El homenaje que Estados Unidos tardó 231 años en cumplir
En mayo de 1783, a petición de Oliver Pollock, el Congreso Continental acordó colgar un retrato de Gálvez en reconocimiento a sus servicios. La promesa no se cumplió. Gálvez, ascendido a vizconde de Galvezton y conde de Gálvez en 1785, fue nombrado poco después virrey de Nueva España, donde tuvo que afrontar una hambruna severa antes de morir en 1786, a los cuarenta años.
El retrato prometido en 1783 tardó doscientos treinta y un años en colgarse. Se instaló finalmente en el Capitolio el 10 de diciembre de 2014. Seis días después, el Congreso le concedió la ciudadanía honorífica de Estados Unidos con carácter póstumo, la octava vez en la historia del país que se otorgaba ese reconocimiento, junto a nombres como los del marqués de Lafayette, Casimir Pulaski o Winston Churchill. La ciudad texana de Galveston, y la bahía donde protagonizó su cruce más recordado, llevan su nombre desde entonces con más justicia que ironía.
El reconocimiento no se ha detenido en las placas conmemorativas. En junio de 2024, la Marina de Estados Unidos anunció que una de sus nuevas fragatas de misiles guiados, la FFG 67, llevará el nombre USS Galvez. Será el primer buque de guerra estadounidense en llevar el nombre de un español, doscientos cuarenta y cinco años después de que aquel gobernador de Luisiana decidiera, sin esperar instrucciones de Madrid, que la neutralidad ya no era una opción.
Cierre de una serie, no cierre de una historia
Esta serie ha querido recordar que la independencia de Estados Unidos no se decidió solo en Saratoga, en Valley Forge o en Yorktown. Se decidió también en Manchac, en Baton Rouge, en Mobile y en Pensacola, con un ejército que hablaba español, francés, lenguas indígenas y las lenguas de África occidental, bajo el mando de un gobernador de treinta y tres años que actuó antes de que Madrid tuviera tiempo de darle instrucciones precisas.
No se trata de inflar el papel de España por encima del de Francia o de las propias colonias. Se trata de devolverle al relato una pieza que faltaba, y de preguntarse por qué tardó dos siglos en encajar.
La historia que no te contaron no desaparece. Solo espera a que alguien se atreva a contarla.¿Conocías el papel de Bernardo de Gálvez en la independencia de Estados Unidos? ¿Qué te parece que Estados Unidos tardara 231 años en cumplir la promesa que le había hecho su propio Congreso? Cuéntanoslo en los comentarios.




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